Saliendo del armario

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Escuela primaria. El profesor pide una redacción para mañana. Tema libre, dice. Llegas a casa, meriendas y se te ocurre escribir sobre tu perro. El perro se llama Luck porque a ti te gusta mucho Lucky Luck, explicas en tu texto. En realidad te gustaría ser Lucky Luck e incluso sueñas que lo eres y que siempre ganas a los hermanos Dalton, continúas. Dos días después el profesor lee tu redacción en alto y la pone como ejemplo a los demás chicos. El método pedagógico deja mucho que desear, pero eran otros tiempos y era un colegio de provincias. Quieres agradecer a Don Esteban que te haya hecho sentirte tan bien. Quizá es la primera vez que te crees especial, poderoso, ¿superior? Finalmente no te atreves a decirle nada.

 

*

 

La vida sigue y llegan otras redacciones y muchas lecturas en la biblioteca de tus padres. Descubres a Pío Baroja,  a Saint-Exupéry, a Sthendal y a muchas otras personas que nunca sabrán que te cambiaron la vida para siempre. Llega el momento de elegir y eliges Ciencias. No estás muy seguro, de hecho no estás nada seguro, pero las letras no tienen salida, dicen todos. Y tienen razón. En el fondo las mates, la física, las ciencias naturales, la química no se te dan mal. Con el dibujo no puedes, no hay manera, pero la solución es fácil: coges biología como optativa y que le den por culo al dibujo. Bye bye dibujo. Hasta nunca dibujo. COU. Selectividad. Bien, gracias. Sigues leyendo con pasión en la biblioteca de tus padres.

 

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Descubres la escalada. Mola mucho. Adrenalina. Superación. Y de nuevo había que escoger y aquel día en los Mallos de Riglos fue la hostia. Así que decides Geología. Y ahora piensas que hiciste aquella elección por el simple motivo de que ese día, en esa montaña, lo pasaste bien. Quizá te enamoraste de aquella montaña y por eso elegiste Geología. Y no puedes evitar pensar en lo azarosa que es la vida. La puta vida. Aquella montaña te conduce a una facultad  donde conoces a un montón de jipis y donde fumas y bebes hasta perder el conocimiento. Y a cada novia le escribes varios poemas pero nunca se los enseñas (afortunadamente). 

 

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Consigues una beca y haces el doctorado. Otra vez a elegir. Y de nuevo eliges. Ingeniería Civil. Cada vez más hard, menos poético, más intrascendente. Pero tiene muchas salidas, dicen, y tu sabes que tienen razón. La razón práctica, la razón capitalista. Sigues con tus lecturas y llegas a esa época terrible de la vida en la que eres capaz de afirmar, sin ruborizarte, que a ti no te van las novelas. Puro entretenimiento burgués. A ti lo que te va es el ensayo y la filosofía. Cosas profundas y tal. Porque ahora eres un militante antifascista, antiglobalización y anti todo lo que se menee. Tienes una novia que te gusta bastante, pero no lo suficiente. En un momento de debilidad le escribes un relato romántico sobre un barquito a la deriva. El texto es patético, como tú, y tu novia te deja, claro.

 

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Ganas una plaza de profesor en la universidad. Sabes que no la ganas por méritos propios, sino por estar en el momento adecuado en el lugar preciso y, sobre todo, en el bando en el que había que estar. No has dejado de ser un militante anti-casi-todo, pero estás en el camino. Progresivamente te vuelves..., te vuelves...., como decirlo... más sofisticado. Eso es. Por primera vez en tu vida tienes un sueldo digno, cierto reconocimiento social y prácticamente ninguna responsabilidad. En esas condiciones cualquiera puede ser sofisticado.

 

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El ser humano está especialmente diseñado para meterse en problemas, y tú perteneces a esa especie, que le vamos a hacer. Te enamoras. Os vais a vivir juntos, y os mudáis de ciudad y después a otra ciudad.  Y como los individuos de tu especie rara vez aprenden de los errores ajenos, pues tenéis hijos. Piensas que quizá lo haces por necesidad de transcender. Ya no militas en nada. Pero los niños son preciosos, dicen todos. Y sí, es verdad, lo son. Y la vida continua y te conviertes en una especie de hípster, que es como se llama ahora a los pequeño-burgueses. Tienes un piso guay y vives en un barrio trendy de una ciudad cool. De vez en cuando vas a restaurantes experimentales (muy caros y llenos de hípsters), y a conciertos íntimos (muy caros y llenos de hípsters), y a conciertos masivos (muy caros y llenos de hípsters).

 

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Tu trabajo te obliga a viajar a menudo. Tampoco te puedes quejar, porque si querías ser funcionario de la Diputación, haber elegido Derecho, te dice un amigo. Pero elegiste Geología y, oye, las minas, los depósitos de residuos radiactivos y los acuíferos están donde están, y no es en tu ciudad. Mala suerte chico. El caso es que recorres medio mundo. Y lo pasas bien y lo pasas mal y te diviertes y te aburres. Y una noche te descubres a ti mismo en la barra de un bar de un hotel de Santiago de Chile. Un buen hotel donde un buen camarero te sirve un buen güisqui. Y te vas hacia el ascensor pensando que no tiene sentido. Que beber solo en una buena barra de un buen bar de un buen hotel en Santiago de Chile no mola. Y piensas que debes hacer algo al respecto. 

 

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Llegas a la habitación, enciendes el ordenador y te dices - con ese tono inconfundible de los borrachos, aunque hablen para sus adentros -: ¿pues sabes qué? Pues que voy a escribir. Y escribes. Y borras. Y escribes. Y borras. Y te quedas dormido. Te despierta el albor y sientes el paladar pastoso, la lengua áspera y te duele la cabeza. A lo mejor ni el camarero ni el güisqui ni el hotel eran tan buenos como te habías creído. Pero lo cierto es que empezaste a escribir y ya no tiene vuelta atrás. En algún lugar de tu interior se han acumulado ideas, historias, fantasías, que parecen querer salir. Alguien o algo te hizo abrir una válvula y todo eso que estaba ahí, como a presión, ahora fluye.

 

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Han pasado cinco años y no has parado de escribir. Tienes poco tiempo pero has aprendido a aprovecharlo. Aviones, esperas en aeropuertos, retrasos, tardes y noches en los hoteles de medio mundo. Nadie lo sabe. Es tu secreto más íntimo. Lees lo que tienes y no puedes decidir si te gusta o te avergüenza. Pierdes la seguridad en ti mismo y por eso piensas que debes enseñarlo a alguien. Estoy escribiendo ¿sabes? - le dices -. Tu mujer te mira como a un marciano - ¿cómo esperabas que te mirase? -. Ella lee lo que le pasas y dice que le gusta, que está bien. Que está bien, dice, ¿o quizá dijo muy bien?  - te preguntas obsesivamente -. ¡Joder! entre "estar bien" y "estar muy bien" hay mucha diferencia. Finalmente supones que dijo, o que quería decir, "muy bien", pero no te atreves a pedirle una confirmación explícita al respecto. 

 

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Sigues escribiendo y borrando, escribiendo y borrando, escribiendo y borrando [...]. Y otro día le das a tu mujer tu segunda novela. Dice que está "muy bien". Esta vez no hay duda. Ahora sí que dice que "le gusta muchísimo" (no mucho, muchísimo). Tu ego se dispara y te crees el rey del mambo. Tanto es así que le pasas el manuscrito a algunas personas de tu círculo más cercano. Les gusta, dicen. Deberías publicarlo, dicen. Pero todos sabemos lo difícil que es publicar, te excusas tú. Pero el mérito es haberlo escrito, no publicarlo, que al fin y al cabo es accesorio, superficial, afirman ellos, serios, como si no creyeran en sus propias palabras. Y una puta mierda, piensas en ese momento. Accesorio, superficial, ¡los cojones!

 

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Mandas el manuscrito a varias editoriales. Esperas. Desesperas. Te consumes. Te irritas. No hay respuestas. Un buen día recibes un e-mail de una editora que te dice que les interesa el extracto (alguien te aconsejó enviar únicamente extractos). Es muy amable la editora. Muy simpática la editora. No la conoces de nada, pero sientes que de repente pasa a ser la persona más importante de tu vida. ¡Ay! la editora. Le mandas el texto completo, y te armas de paciencia. Piensas que no debes caer en la ansiedad, mientras te das cuenta de que chequeas el e-mail cada diez minutos. Cada diez minutos, en un mes, son cuatro mil trescientas veinte veces, pero asumiendo que duermes seis horas al día (los nervios) resultan en tres mil doscientas cuarenta. Y tres mil doscientas cuarenta veces después de chequear tu buzón de entrada te llega un e-mail  - El E-Mail - que dice cosas hermosas. Sientes que jamás nadie te había dicho nada tan bonito. Que les gustó, dice. Que quieren una reunión contigo, dice.  

 

*

 

Y así  llegas hasta el día de hoy, cuando te encuentras escribiendo  en tu propia página web. La web que has creado porque ahora resulta que eres escritor. O eso al menos es lo que tú te crees. Pronto el libro estará en las estanterías y en las plataformas de pago. No te queda más remedio que decírselo a tus amigos, a tus vecinos, a tus compañeros de trabajo. Escribo, ¿sabes? En mis ratos libres escribo. Tendrás que acostumbrarte a todas esas caras de marciano que te mirarán incrédulas, sorprendidas, seguramente pensando que te has vuelto loco. Pero ya no hay vuelta atrás, firmaste el contrato con la editorial. Debes salir del armario.

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