Presentación en Caldes de Montbui

November 2, 2018

 

 

Cuando era pequeño iba a menudo a Caldes de Montbui. El motivo era (siempre) visitar a la familia de mi tía Gloria (nosotros la llamábamos Mariglori).  Gloria es la hermana de mi padre.  Allí me encontraba con mis primos Itziar y Bruno, con quienes pasaba el rato jugando y riendo. Mi familia catalana vivía en una casita preciosa en el centro del pueblo. Era una de esas viviendas que, entonces, los ayuntamientos construían para alojar a los maestros que eran destinados a sus localidades. Algunos años, la visita coincidía con las vacaciones de navidad. Aquellas veces, sucedía que cuando regresaba a mi pueblo, en La Rioja, y les contaba a mis amigos que en Catalunya tenían unos troncos mágicos, a los que había que alimentar con las sobras de las comidas (a los de mis primos les encantaban las mondas de la fruta) y que, después, se les azotaba duramente con palos, cantando unas canciones que yo no entendía muy bien, pero que decían no se qué de las avellanas y el turrón,  ellos me miraban como si estuvieran delante de un marciano. Pero cuando, inmediatamente después, les aseguraba que aquellos troncos, tras la paliza, cagaban montones de caramelos y, de vez en cuando hasta algún juguete, entonces, definitivamente, pensaban que me había vuelto loco. Pero a mí me daba igual. Yo sabía que era verdad.

 

 

 

El caso es que el viernes 19 de octubre de 2018 presenté mi novela "Toda la muerte para dormir" en Caldes de Montbui. Me invitó la "Asociación Caldes Solidaria", y me introdujo su presidente: Daniel López Codina, profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya. Cuando me avisaron de que el acto tendría lugar  en un edificio municipal situado en el centro del pueblo que se llamaba "casa del mestres", me temí lo obvio. Tampoco hacía falta ser un dechado de perspicacia para intuir que aquel centro cívico se construyó donde años atrás estaba la casa de mi tía. Y fue ella, mi tía, la que me confirmó que la sala donde hicimos la presentación de la novela estaba situada, exactamente, en el lugar donde años atrás se situaba el salón de su vivienda. La misma coordenada espacial donde yo comprobé, con mis propios ojos, que aquellos troncos cagaban caramelos y juguetes.

 

 

 

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